Estaba a la orilla de una banqueta. Sus ojos no expresaban absolutamente nada, no había un rastro de sorpresa, tristeza o alegría; sólo miraba pedazos de cristal regados por el suelo. Un río de agua rosada corría por la calle. Una mujer maternalmente se acercó a la niña y le preguntó si su bola de cristal se le había caído. No, contestó ella. Después de un breve silencio durante el cual emitió un suspiro dijo con voz firme: la rompí, dentro había una casita, era hermosa, pero quise ver lo que había dentro.