Padezco una enfermedad, bueno, no sé si pueda llamarla así porque no se contagia ni, creo, se adquiere; simplemente la tengo: el orden.
Me gusta que las cosas estén en el lugar que les he dado. Si una mañana no encuentro a mi lado mi almohada, todo el día ando histérica. Si acaso mi ropa no está esperando impecablemente planchada en el perchero a que me la ponga, entro en colapso nervioso.
Es probable que un día me alivie. Sólo necesito tiempo para atornillar todas las cosas en su lugar.


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