La encontró engañándolo. Algo sospechaba desde que decidieron estar juntos. Conocía su afición pero, hasta ese día, le parecía totalmente inocente; artístico incluso.
A ella le gustaba quedarse sola; él sabía que siempre lo veía por el rabillo del ojo mientras se preparaba para salir. En cuanto él cruzaba la puerta, saltaba de la cama y sacaba su filmadora. Podía ser la de su celular, la de la computadora, la de mano... dependía del clima. Poco a poco se sacaba la ropa hasta quedar desnuda y se ponía de frente, de perfil, delante, detrás...
Para él la desnudes era una cuestión de intimidad. Para ella era tan normal como sacar un paraguas en la regadera. Sólo había dos opciones: convertirse en un vouyerista o fingir que ella portaba el traje del emperador.


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